sábado, 19 de mayo de 2018

Una moneda por tus recuerdos

¿Se han parado a pensar en cuanto puede valer un recuerdo? Y no me refiero necesariamente a un valor monetario, sino al valor sentimental que le damos a los objetos. Estoy segura que muchos de ustedes tendrán una caja o algo parecido, donde guardan recuerdos de su adolescencia o juventud. Cartas, dibujos, fotos, regalos, boletos de concierto, que se yo. Todos tenemos nuestra versión de esa caja de recuerdos donde guardamos cosas que a ojos de los demás no son más que basura.

Hace unos meses me topé con un vídeo del canal Sebas G Mouret (se los recomiendo) donde Sebas hablaba del valor emocional que les damos a las cosas. Sobre los apegos emocionales que generamos hacia un objeto cuyo valor monetario muchas veces es ínfimo. Y cuando termino ese vídeo me di cuenta de cuanto valor puede encerrar un recuerdo o el objeto que lo encarna.


Voy a contarles una anécdota para explicarme mejor. Tengo una foto de mi época de secundaria que me encanta, en ella salimos algunos ex compañeros (algunos que aún son amigos) y yo en el rancho del abuelo de una de ellas cuando hicimos una carne asada para celebrar que salimos de segundo. Esto fue en 2009 y tomamos pocas fotos de ese día. Hace unos meses, me dio por buscar las fotos de esa época y ahí fue cuando me di cuenta que entre tanta formateada y recuperación de archivos (mi lap también data de aquellos años) la carpeta con las fotos de la secundaria había desaparecido. En ese momento a mí se me salió el alma y me dio un vuelco el corazón pues, aunque sabía que por ahí debía haber alguien que tuviera una copia (y efectivamente así fue, de hecho, me pasaron varias fotos que ya había olvidado), por unos segundos sentí que esa impresión toda culera (pues está impresa en papel bond) era la única copia que existía de esa foto; si bien eso la hacía aún más valiosa yo sentí que me daba algo.  

Con esta anécdota quiero ejemplificar el apego emocional que podemos desarrollar hacia algunos objetos. Y ojo, estoy hablando de un apego “sano” en el sentido de que perder el archivo de esa foto no me genero una crisis al nivel de interferir con mi vida (como suele pasar con alguien con apego patológico por las cosas), obvio me dolió, pero sabía que mi vida podía continuar sin eso, pues con o sin foto, el recuerdo seguía ahí el objeto solo era un fetiche que lo evocaba, pero salvo que tuviera un accidente que me dejara amnésica, esos recuerdos no se irían a ningún lado.

Creo que todos tenemos algún objeto (o varios) al que le tenemos cariño y un alto valor sentimental, aun cuando ya no sirva o ya este roto. Y es que me parece algo totalmente humano desarrollar apego por los objetos y no, no estoy diciendo esto en sentido consumista, esto no es un malvado invento del capitalismo postmoderno (léase esto último con tono mamador). Esta conducta es tan vieja como los primeros humanos sedentarios, el anclar recuerdos y sentimientos a objetos ya sucedía en el tiempo de nuestros tatarabuelos. La digitalización de esos recuerdos es lo nuevo, pero la gente ya guardaba fotos viejas, cartas y regalos hace siglos. Y no, la digitalización tampoco les ha quitado el sentido emocional o la sinceridad a esos recuerdos. Ya no se escriben cartas, pero ahora guardamos las conversaciones de whatsapp, ya no grabamos casettes o CD´s pero si escuchamos canciones o vemos videos que nos gatillan recuerdos. Y podrán pensar que es ridículo y no tiene emotividad tener las cosas en el celular, pero al menos yo, cada que veo ciertos screen shots de algunas conversaciones o comentarios siento que el corazón no me cabe en el pecho de la felicidad y no creo ser la única. Y aquí va otra anécdota.

Desde hace unos meses yo comencé un proyecto con todos esos pantallazos; comencé a imprimirlos y a meterlos en un frasco de mayonesa al que le pegue una etiqueta que dice “the good vibes jar” y cada que me siento de bajón (o sea cada tercer día :´´v) saco un papel (que son impresiones de esos SS) y al leerlo me hace un poquito menos infeliz o ya de plano me alegra el día. Y se que podría perfectamente vivir sin esos papeles, sin esos peluches, sin todas esas vainas viejas que guardo y que la mayoría solo ocupan espacio (pero que encierran recuerdos) pero prefiero conservarlas porque sí, porque me gusta tenerlas y estarán ahí el tiempo que deban durar. Y es que es verdaderamente doloroso o hasta difícil dejar atrás cosas que son significativas para ti. A mí me ha pasado con mis posters viejos, que me da pena tirarlos cuando ya están cayéndose, porque algunos tienen valor sentimental, pues llevan pegados ahí desde que tenía 8-9 años (si, llevo muchos años coleccionando mugres). Pero cuando ya no es posible tenerlos más en la pared, ni modo hay que tirarlos.


Y déjenme decirles que esto no es solo una cuestión personal, en plan coleccionar mugre en tu cuarto. Este valor sentimental puede ser otorgado de manera colectiva. Los monumentos históricos son un buen ejemplo. Estos tienen un valor real (dado por el costo de construcción, mano de obra y costo de materiales), un valor comercial en el mercado (si es que en algún momento alguien los ha comprado o vendido) y finalmente el valor histórico y sentimental, que, a diferencia de los otros, no se mide en dinero. Y puede que jamás hayas puesto un pie en ese monumento, pero cuando te enteras que algo le paso, que fue destruido por N razón, sientes un leve escalofrió, por lo que eso implica para nosotros como humanidad, por el valor que esto tiene para con nuestras raíces y nuestro pasado. Pero pongamos un ejemplo más cercano.

Hace poco me topé con la noticia de que Sony había dado de baja el ultimo servidor de PlayStation 2. Y después de superar el shock inicial de que aún existía un servidor para PS2 (que carajos si esa cosa es más vieja que matusalén) sentí una pequeña punzada en el corazón; pues si bien yo nunca usé esos servidores (pues nunca tuve una PS2 propia), eran parte de la historia de los videojuegos, de la historia de los gamers y saber que el ultimo servidor de esa generación desapareció, fue sentir como una era llegaba definitivamente a su fin. Y ustedes podrán pensar que es ridículo, pero finalmente esto representa el fin de un hito en nuestra historia tecnológica y para mí como fan de los videojuegos, esta noticia me dio especial tristeza. Una era ha llegado a su fin y si bien los recuerdos permanecerían en la memoria colectiva, es triste despedirse del último bastión de la 4° generación.


Los recuerdos y las emociones ligadas a ellos, son de las cosas más subjetivas que podemos encontrar en nuestra conducta. Y creo que también de las más necesarias. Lejos estamos de esa época en que éramos pequeños grupos nómadas, echamos raíces e inevitablemente terminamos ligando recuerdos a objetos, lugares o personas.  Hay quien cree que esto no es sano, que lo mejor es desapegarte de todo y todos para poder vivir como un nómada solo con lo necesario. Yo no comparto esta idea, pero respeto a quien quiera vivir así. No creo que el apego a los objetos con valor sentimental para nosotros este mal (siempre que esto no interfiera con tu vida o con la de terceros), finalmente ¿Qué somos sin nuestros recuerdos?

¿Ustedes que opinan? ¿Tienen caja de recuerdos u objetos con valor sentimental? Me encantaría leer sus respuestas en los comentarios. Me despido y nos leemos la próxima vez.

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